La última estatua humana de Bucaramanga

En el Puente peatonal de la carrera 15 con calle 35 es usual ver una estatua humana vestida de faraón. De los muchos que había antes, solo queda él, quien asegura que la fuerza mental es lo que le ha permitido mantenerse y ser el mejor.

Según varios estudios, la mayoría de las personas parpadea aproximadamente 15 veces por minuto. A partir de un minuto sin hacerlo se produce una desecación lacrimal en la córnea  y se comienzan a sentir molestias, pues los ojos necesitan lubricación frecuente para funcionar bien.

No parpadear puede causar serias lesiones en la vista e inicios de ceguera; sin embargo, Germán Guerra Castellanos lleva más de 15 minutos sin parpadear. Y no solo eso, lleva el mismo tiempo sin moverse. Tiene la mirada hacia abajo, y aunque puede aprovechar para parpadear rápidamente en los momentos que no pasa nadie por su lado, no lo hace porque “esto perdería el encanto”.

Casi a los 20 minutos alguien que va pasando echa una moneda en un tarro de lata que Germán tiene en frente y entonces por fin él lubrica sus ojos y ‘desencalambra’ su cuerpo.

Germán es una estatua humana y quedarse quieto es su trabajo.

Mente y cuerpo

—¿Es de verdad o de mentiras? —pregunta un niño, de más o menos 5 años, que va pasando junto a la estatua.

La mamá le dice que es una persona disfrazada y ante al cuestionario del pequeño sobre por qué entonces no se mueve, ni respira, ni nada, ella le da una moneda.

Una vez Germán escucha el sonido de la moneda cayendo en su alcancía hace un ruido casi idéntico al que se escucha cuando se introduce dinero en una de esas máquinas de agarrar peluches con una mano eléctrica, se mueve cual robot y da una vuelta cadenciosa al niño que acaba de pagar para que se moviera.

Cuando el niño se va, él pone los brazos en modo faraón, baja la mirada y como por arte de magia queda tan estático que no parece humano. En un momento un insecto se para en su nariz y luego revolotea por su cara. Germán no se inmuta, no parpadea, no se ve que respire.

—Esto es un trabajo mental. De meditación. La gente cree que es pararse ahí a recibir monedas y ya. No señor, si yo soy una estatua, pues lo soy bien. ¿Cuándo ha visto usted que las estatuas se muevan? Yo cada día me quedo más estático, lo he logrado haciendo meditación, hago ejercicio, no fumo, me alimento bien, eso me ha ayudado a hacerlo mejor.

— ¿Qué piensa mientras dura tanto tiempo quieto?

—Hablo con Dios. Me voy de aquí, no siento nada.

—Y, ¿no está enfermo? Pues, tantos años haciendo lo mismo, ¿no le ha afectado los ojos, las articulaciones?

—Nada, estoy intacto. Una que otra vez un calambre y dolor de espalda, pero la mente maneja el cuerpo, y se me pasa. La cabeza sí me duele, de tanto concentrarme.

Meterse en el papel

Este año, Guerra Castellanos cumple 19 años trabajando como estatua. Antes pintaba en espejos, a dedo o con pincel en el Centro de la ciudad, pero no se sentía contento.

Él quería hacer algo que impactara a la gente, que alegrara las calles y que hiciera la diferencia. Entonces, admirando la disciplina con la que algunas estatuas humanas trabajaban en varios puntos de Bucaramanga, decidió convertirse en una de ellas.

—No era que quisiera hacerles competencia, era que yo sabía que lo iba a hacer mejor y vea, aquí sigo, soy el único, a pesar de que hay personas que a veces me gritan que consiga un trabajo de verdad, que deje de pedir limosna.

A él no le afecta. Sabe muy bien que los que le dicen eso no aguantarían más de 15 minutos haciendo lo que él hace.

¿Lo que le ayudó a ser el mejor? La seriedad y el carácter. No se ríe. Sus hijas dicen que en la casa sí y que con sus sobrinos se vuelve un niño más, pero mientras está en su papel de faraón, estático en el puente de la carrera 15 con calle 35, las comisuras de sus labios no se mueven para arriba.

—Elegí ser un faraón porque siempre he admirado su fortaleza. Yo tengo el don de aguantar calor como ellos, de ver el dolor como algo inferior a la mente.

Ellos son fuertes, duros, dominan su cuerpo, no se doblegan. Si iba a trabajar en esto tenía que ser a través de un  personaje que representara lo difícil que es y tenía que moldear el cuerpo como tal. Vea, toque mis brazos, yo no solo son un faraón de disfraz, yo estoy marcado y definido como ellos.

En temporada, el faraón se hace entre 50 mil y 60 mil pesos. Durante las otras épocas del año entre 20 mil y 30 mil. Eso le ha alcanzado para sacar adelante a 3 hijas pero no para el traje que quiere.

Dice que él  cada día quiere ser mejor y para eso no solo necesita quedarse cada vez más quieto, si es que eso es posible, sino un traje a la altura de sus capacidades. Uno fabricado con fibra, en color bronce y apliques especiales que cuesta más o menos 800 mil pesos.

Apoyar la cultura

A Germán no le parece difícil el dolor, el sol, la lluvia, el cansancio o las burlas. Le duele que después de tanto esfuerzo por no terminar en la calle pidiendo limosnas, las personas crean que eso es lo que hace.

Le parece inaudito que las alcaldías y gobernaciones no generen espacios y trabajo para personas como él, que no solo hacen que los niños sean felices sino que le da a la ciudad un rincón de arte e imaginación.

—Yo lo que le pido a Colombia, al presidente, a nuestros mandatarios, es que nos escuche, que apoye a los artistas que hacemos una labor de alegrar las calles, porque el arte no se puede morir, un país sin arte no es nada. Necesitamos que nos apoyen, que la policía nos respete,  que no nos desalojen cuando estamos en algún  evento  o lugar y que crean en esto como creen en traer cantantes de reguetón a las ferias.

Eso, su traje nuevo e ir a Nueva York a mostrar lo que hace, porque está seguro que allá si sería valorado, son sueños que espera cumplir antes de que siga subiendo de pisos. En dos años cumple los 50.

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